Las pesqueiras del Río Miño —Ingeniería ancestral y memoria viva

Ingeniería, memoria y supervivencia

Los caladeros del río Miño son un patrimonio precioso, no sólo por el ingenio de su construcción y su antigüedad, sino sobre todo por el papel vital que han desempeñado durante siglos en la subsistencia de las poblaciones ribereñas. Entre Monção y Melgaço, en un tramo de unos 37 kilómetros donde las aguas corren más salvajes, hay unos 900 caladeros, de los que unos 250 permanecen activos. Son marcas discretas pero poderosas de una antigua relación entre el hombre, el río y el tiempo.

Un origen que abarca siglos

Los primeros registros escritos de su existencia datan de 1071, lo que atestigua la larga permanencia de estas estructuras en el territorio. Aun así, varias hipótesis apuntan a un origen más remoto, sugiriendo que algunos de los primeros caladeros pudieron ser construidos por los romanos, aprovechando sus avanzados conocimientos de ingeniería hidráulica.
En apoyo de esta idea está también la importancia histórica de la lamprea -el recurso pesquero más codiciado del río- que, según fuentes antiguas, se llegó a enviar viva a Roma, transportada en carros y envasada en grandes recipientes de barro.
Más tarde, los monasterios asumieron un papel central en la promoción y el mantenimiento de los caladeros, garantizando el abastecimiento alimentario de las comunidades, sobre todo durante el periodo de Cuaresma. Hoy en día, siguen estando asociados principalmente a la pesca de la lamprea, aunque esta especie es cada vez más escasa.

Organización comunitaria fluvial

El régimen de propiedad de los caladeros es relativamente complejo, pero funcional. La mayoría pertenecen a varios propietarios, uno de los cuales se llama Patrão da Pesqueira.
La actividad pesquera se organiza mediante un sistema de rotación, que define los días de pesca de cada jugador, garantizando el equilibrio, la continuidad y el respeto de una lógica comunitaria heredada de generaciones.
Aquí, el río no es sólo un recurso: es un espacio compartido, regulado por prácticas sociales que son tan importantes como la propia técnica.

Patrimonio vivo

Se trata de un patrimonio fascinante en el que confluyen la ingeniería ancestral, los conocimientos tradicionales y la memoria colectiva.
Los caladeros no son ruinas: son dispositivos vivos de relación con el territorio. Preservarlos y valorizarlos es reconocer una cultura fluvial que abarca siglos y sigue dando sentido al paisaje humano del Miño.
Descubrirlas es entrar en un diálogo silencioso entre el agua, la piedra, el trabajo y el tiempo.

Carlos Afonso

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